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LA ALDEA

CASAS DE LA ALDEA

 

Dentro de la pobreza humilde,

 

Casas de piedras y barro.

 

Los tejados a “tejavana”

 

Por donde se ve el reflejo de la luna.

 

Y moja la estancia,

 

Las aguas fuertes de Mayo.

 

El suelo de tierra amarilla,

 

Y los fogones con carbón de encina.

 

Una mesa camilla,

 

Con unas enagüillas remendadas.

 

Así se calientan en invierno,

 

Con un brasero de cisco de jara.

 

Y un caldo de puchero,

 

Hecho con huesos de matanza.

 

¡Qué bien sabe ese caldo!

 

Con hojas de hierbabuena.

 

El olor que deja en la casa,

 

De matanza recién hecha.

 

Casitas que sois historia,

 

De este altozano poblado,

 

Que tan humildes sois,

 

Como las piedras y el barro.

 

LAS FAROLAS DE LA ALDEA

 

Las farolas que al atardecer se encienden,

 

Como luciérnagas en la empedrada calle.

 

El silencio que alumbra,

 

El anochecer que nace.

 

Como antorchas en una caverna.

 

Así, guías a los mineros,

 

Que llegan de madrugada.

 

Para los que pastorean,

 

Para el sereno,

 

Para el guarda.

 

Con voz muda vas hablando,

 

Al que duerme en su ventana.

 

Sirves como Ángel de la Guarda,

 

Para los más pequeños de la casa.

 

Así tus calles son fiesta,

 

Cuando el sol triste se guarda,

 

Y los sueños que van surcando el alma.

 

Llenas de paz a la aldea,

 

De noche y de madrugada.